Educación

Adolfo Sánchez

Aprender toda la vida

La educación es algo complejo que puede abordarse desde muchos frentes. En ella, como en el fútbol, además de jugadores — profesionales y aficionados — también hay entes reguladores, empresarios y comentaristas. Mientras unas personas aprenden y enseñan, otras redactan leyes, algunas se concentran en las estadísticas y otras en opinar y dar entrevistas, incluso hay políticos que usan la palabra educación como un eslogan de campaña. Yo estoy convencido de que lo realmente constitutivo, eso sin lo que no habría educación, son esos momentos mágicos en los que alguien, gracias a su esfuerzo, logra entender lo que no entendía o hacer lo que antes no podía. Por eso, me concentraré en esos maravillosos momentos para hablarles a ustedes, réfousianos, a quienes siento cerca aun sin conocerlos, de la belleza de la educación y para invitarlos a que sigan aprendiendo el resto de sus vidas.


Intenten recordar el momento en el que pudieron hacer algo por primera vez: montar bicicleta sin rueditas, nadar sin flotador, leer de corrido, comunicarse con alguien en un idioma diferente a su lengua materna. ¿Quiénes tuvieron esa increíble sensación, difícil de alcanzar, de haber entendido finalmente MM7? Yo recuerdo muy bien el brillo en los ojos de algunos de mis estudiantes al haber entendido por fin qué era un sistema fundamental de vecindades. ¿Se imaginan lo maravilloso que es vivir esos momentos a diario, en carne propia y ajena, a través de quienes aprenden con uno? Bueno, esa es la vida de un profesor y por eso la alegría de sus estudiantes termina siendo su propia alegría. Gracias a Monsieur Jeangros entendí que dedicar la vida a la educación es vivir en procura de esos momentos mágicos y eso hace que la vida sea bellísima.


Algún día, cuando ustedes eran bebés, descubrieron que su mamá sonreía si ustedes sonreían y que ella respondía cuando ustedes emitían algún sonido. En ese momento, ustedes ya estaban inmersos en un proceso de enseñanza y aprendizaje. Gracias a este juego de servicio y respuesta, como lo llama el profesor Jack Shonkoff , ustedes crearon y fortalecieron conexiones neuronales, y así construyeron, literalmente, parte de la arquitectura de su cerebro. El mismo profesor Shonkoff y su equipo del Center on the Developing Child, de la Universidad de Harvard, aseguran que podemos seguir aprendiendo toda la vida. Si bien es cierto que la capacidad de desarrollar nuestro cerebro mediante experiencias de aprendizaje es muy alta durante nuestros primeros años de vida y luego disminuye gradualmente a medida que envejecemos, y que cada vez requiere más esfuerzo de nuestra parte, nunca llega a ser cero mientras estamos vivos. Siempre podemos seguir aprendiendo y cada vez que lo hacemos seguimos construyéndonos y fortaleciéndonos, a cualquier edad.


Entender la educación en términos de los momentos mágicos de los que ya he hablado me hace valorar inmensamente las aproximaciones pedagógicas que nos permiten aprender por el placer de aprender y se alejan de la visión primordialmente utilitarista de la educación. Sin embargo, parece que cada vez toma más fuerza la idea de que el objetivo principal de la educación es mejorar las posibilidades de las personas para ingresar al mercado laboral y por eso solo debería enseñarse lo que es útil, en un sentido económico. Desde esa perspectiva, triste y muy limitada, la investigación y los esfuerzos por alcanzar una mejor calidad educativa deberían enfocarse en encontrar maneras cada vez más eficientes de lograr mejores desempeños, lo cual a su vez debería traducirse en puntajes más altos en pruebas estandarizadas. Yo no creo que esté mal preparar a las personas para el trabajo, pero sí me parece un error asumir que este es el fin último de la educación. Entiendo que para quien no vive a diario los retos y las alegrías de un salón de clase, o de cualquier otro lugar en donde se enseñe y se aprenda de verdad, es difícil entender que la buena educación poco tiene que ver con pruebas estandarizadas, escalafones de desempeño o acreditaciones institucionales.


En su libro, What Money Can't Buy, el profesor Michael Sandel  denuncia la intromisión de la mentalidad de mercado en casi todos ámbitos de la experiencia humana. En la educación, por ejemplo, presenta el caso de un colegio en Estados Unidos que puso en marcha la estrategia de pagarles dinero a los niños por cada página que leyeran, para aumentar los índices de lectura. El hecho de que muchos consideren esto como algo positivo demuestra que la educación tiene el reto de escaparse de la visión empresarial para no ser rebajada a un simple mecanismo que anula la bellísima complejidad del ser humano en pos de la eficiencia. Ernesto Sábato, al hablar del hombre engranaje, y Jean-Michel Besnier, al hablar del hombre simplificado, nos advirtieron hace tiempo del peligro de reducir al ser humano a una unidad productiva e intercambiable cuya vida puede medirse en términos de indicadores de desarrollo.


El ser humano tiene que aspirar a más, ustedes tienen que aspirar a más, y la educación debe velar porque esas aspiraciones puedan hacerse realidad. Ustedes y yo tuvimos la fortuna de estudiar en un colegio que mantiene a las personas a salvo, tanto como es posible, de esa voz que las adormece mientras les dice a qué pueden aspirar, cuánto tienen que consumir y, en últimas, cómo deben vivir. En el Colegio Réfous la educación se toma en serio, por eso somos tratados como estudiantes y no como clientes, por eso nos exigen, nunca nos regalan nada que no nos hayamos ganado con esfuerzo, y gracias a todo esto aprendemos que somos seres capaces. En nuestro colegio aprendemos que se puede vivir de maneras diferentes, andando por el camino que cada uno de nosotros elija, sin tener que acomodarnos a lo que ya existe, aprendiendo toda la vida. ¡Qué afortunados fuimos de haber crecido en el Colegio Réfous, la obra y la vida del gran Roland Jeangros!

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